sueño de libertad

Cierta vez estaba ofreciendo una conferencia en Londres
a mediados de diciembre y le hice una pregunta al público
que los dejó sin palabras:
—¿Cuántos de ustedes sienten que al finalizar este mes
estarán un año más cerca de su destino?
La mayoría me miraba como si estuvieran sumidos en un
coma cerebral.
—Lo preguntaré otra vez: ¿Sienten que con el nuevo año
se acercan más al propósito de sus vidas?
Obviamente no hubo respuestas, ni siquiera alguien que
asintiera con su cabeza. La mayoría solo existía sin más ni
más. Las vacas existen. Los sapos existen. Sin embargo,
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Sueño de
libertad
nosotros podemos elegir entre vivir o existir.
La mayoría de las personas que no tienen un destino solo
corren en un simulador. Es como si pedalearan en la bicicleta
fija de un gimnasio. Sudan, se fatigan, bajan libras, pero nunca
llegan a ninguna parte, jamás se mueven de su sitio. En diciembre
estarán en el mismo lugar donde los encontró enero.
Conozco individuos que nunca han hecho un balance de
los logros que estaban teniendo con respecto al año anterior.
No saben en qué enfocar su energía, ya que simplemente
están ocupados en sobrevivir, y como consecuencia se resignan
a vivir una vida gris, sin pasión, tratando de mantenerse
a flote.
No sienten que este nuevo año sean más íntegros que el
año que se fue. No saben si son mejores personas que el mes
pasado. Si son más espirituales o están más cerca de la meta
que hace dos días atrás.
Un querido autor amigo suele mencionar que hay tres
tipos de personalidades básicas con respecto a la óptica acerca
de la vida:
• Los que no saben que algo sucede.
• Los que preguntan qué sucedió.
• Los que hacen que las cosas sucedan.
Estos últimos son los que provocan a la vida, los que no
se resignan a vivir como seres pasivos, los que cada mañana
se levantan como invasores.
De modo lamentable, las estadísticas informan que el cincuenta
por ciento de los trabajadores se siente saturado debido
a las muchas horas que debe trabajar sin ver resultados.
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El ochenta y ocho por ciento no logra combinar su trabajo
con su vida personal.
Más del setenta por ciento no está feliz con el oficio que
le da de comer.
Y la mayoría de los cristianos sueñan con que serán plenamente
felices el día que dediquen su vida a tiempo completo
para Dios, mientras tanto, solo existen.
Todo radica en la falta de propósito, en la carencia de un
destino claro.
De forma periódica, me encuentro con personas que me
piden que eleve una oración por ellas.
—¿Para qué quieres que haga una oración por ti? —les
pregunto.
—Para que Dios me bendiga —me responden un tanto
molestos por mi cuestionamiento.
—¿Para que te bendiga en qué?
—En todo… para que me guíe en el camino.
—¿En qué camino deseas que te guíe?
Ahí es justo cuando me miran como si yo tuviese un problema.
No tienen idea de hacia dónde van, de en qué camino
necesitan que Dios los guíe, por eso mis preguntas los
incomodan y los sacan de quicio. Solo quieren una palabra
mágica e instantánea que los saque del letargo, no quieren
detenerse a pensar hacia dónde están yendo.
*****
Hace unos años apareció en Miami, Florida, un predicador
singular que se suele autonombrar como «la reencarnación
del anticristo», el cual ha logrado no solo que cientos
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de personas lo sigan, sino que hasta se tatúen el «666» en
los brazos u otra parte de cuerpo en honor a su «líder».
Siempre me pregunté: ¿Qué hace que la gente siga a un personaje
así? Y la respuesta es tan obvia que casi se nos pasa
por alto: El hombre sabe a dónde se dirige. Es consecuente,
siempre habla lo mismo y le transmite seguridad a sus seguidores.
No depende de sus estados de ánimo o sus hormonas,
sabe a dónde quiere llevar a los que lo siguen… y no
hay nada más atractivo que alguien que sabe hacia dónde
va. Puede ir al cielo o al infierno si sabe la dirección, pero es
seguro que llegará allí.
No obstante, conozco a otro hombre piadoso e íntegro,
que luego de tener una iglesia creciente, ahora solo cuenta
con una veintena de personas en su congregación. La razón
de esto, según me han contado amigos en común, es que
no es consecuente con su visión, cada semana parece disociarse
debido a una «revelación» nueva, así que la gente termina
por cansarse de un líder que no tiene un destino definido
y claro.
*****
En mi adolescencia, trabajé por dos años en la carpintería
con mi padre. Cargué tablones, ayudé a fabricar muebles de
estilo, aspiré aserrín en cantidades industriales, y me rebané
parte de dos dedos de la mano derecha con una sierra eléctrica.
Durante ese tiempo, le pregunté a mi padre si le gustaba
su oficio. «¿Quién trabaja en lo que le gusta?», me dijo. Fin
del diálogo. Él siempre fue un hombre de pocas palabras,
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trabajador, de esos que llegan a la fábrica media hora antes
de las seis de la mañana y solo se detienen para tomar un té
caliente al mediodía. Cuando había que mantener a una
familia, no quedaba mucho tiempo para cuestionar ciertas
dudas existenciales. Sin embargo, no tengo recuerdos de ver
a mi padre feliz por lo que hacía para ganarse la vida.
Él solo soñaba con el retiro. La jubilación era su puerto
deseado. Siempre me pregunté qué habría sucedido si en
realidad hubiera podido vivir de aquello que en su interior lo
apasionaba.
A través de estos años he conocido a muchas personas
que se deprimen los domingos por la tarde, solo porque
piensan que el lunes deberán dedicarse de nuevo a una rutina
que detestan.
El mismo jefe. Las mismas odiosas materias. Los mismos
compañeros. El mismo escritorio. El mismo problema que
dejaste el viernes, solo para retomarlo el lunes temprano.
Recuerdo que mi paranoia recurrente era vivir con un grillete
amurado a la esclavitud de no saber para qué comenzaba
una nueva semana. Fue entonces cuando decidí comprar
mi libertad. Dejar de ser un empleado para transformarme
en socio de la vida.
Siempre me ha gustado dibujar, así que empecé a enviar
mis dibujos a varias editoriales. Algunas, muy amables, me
contestaron que por el momento era imposible, mientras
que otras me ignoraron por completo. Por último, una flamante
revista que acababa de salir me concedió una entrevista.
Presenté mis bocetos y me contrataron por unos treinta
dólares mensuales. Era el primer salario que ganaba como
fruto de mi propio don, por aquello que sí me gustaba hacer
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y estaba lejos del aserrín de la carpintería.
—Tienes talento, muchacho —me dijo un hombre regordete
cuyo nombre era Juan Manuel, el director de una revista
llamada Desafío—. Por ahora solo podré pagarte un salario
simbólico, pero publicarás tu trabajo en mi revista. Y
tengo la corazonada de que llegarás muy lejos.
Y aunque en efecto el
dinero era poco, tenía
otro sabor, pues me lo
había ganado en buena
ley, dibujando, creando
sobre un papel en blanco.
Este era el pago por una
tira cómica titulada «El
mosquito Mel», que por
cierto hace reír hoy a mis
hijos cuando ven mi primer
personaje de ficción.
A partir de ahí trabajé
para varias publicaciones
más, aprendiendo poco a
poco el oficio de diseño
gráfico y hasta dando mis
primeros pasos con algunas notas periodísticas.
Por aquel entonces tenía dieciséis años, y fue cuando por
primera vez tuve conciencia de que quería comprar mi libertad.
Me dije que si lograba capitalizar mi talento, ya no tendría
que trabajar para otros o aceptar que alguien decidiera
cuánto valía una hora de mi tiempo.
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Hoy soy un hombre libre
en el amplio sentido de la
palabra. Vivo de lo que me
gusta hacer, me pagan muy
bien por ello, y dispongo
de tiempo para invertirlo
en el reino de Dios.
Disfruto al llegar cansado
a la cama como resultado
de hacer lo que nací para
hacer. Aquello para lo que
fui creado.
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«Algún día voy a comprar mi libertad», me repetía mí mismo mientras subía al tren que me llevaba hasta la capital de Buenos Aires.
No quería enterrar mi sueño ni vivir esperando el retiro. Mi mayor temor era trabajar por el resto de mi vida en algo que no me gustaba, con un salario ínfimo y soñando con lo que pudo haber sido y no fue.
Así que en silencio seguí aprendiendo un poco de todo. Redacté mis primeras notas, aprendí a hacer copetes, volantas, a titular, a colocar epígrafes. Diseñaba a la vieja usanza (con las galeras de texto que venían desde la imprenta) y me quedaba tiempo para dibujar, que era por lo único que en definitiva me pagaban.
Con el correr del tiempo, descubrí que si había logrado que me pagaran algo por lo que sabía hacer, algún día quizás podría independizarme y tener más tiempo para servir a Dios, sin presiones económicas o de horarios. En pocos meses, diseñaba casi la mayoría de las publicaciones cristianas y escribía para casi todas, además de seguir dibujando. De modo paralelo a esto, nuestro ministerio con la juventud crecía desde la radio y los primeros estadios, una historia ya conocida.
Me costó casi dos décadas comprar mi propia libertad. Tener el tiempo y los recursos para administrarlos de la forma que Dios me dijera. Así que siempre les digo a las personas  que todos pueden hacerlo. Si no es ahora, será dentro de un tiempo, pero todos tienen la misma posibilidad. «La dádiva del hombre le ensancha el camino y le lleva delante de los grandes», dice Proverbios 18:16 (RVR-60). Esto se refiere a aquello que crees que te apasiona, a lo que hace
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latir tu corazón. Si te desarrollas en lo que crees que eres bueno, te pagarán por eso y se te abrirán las puertas. Lo que sabes hacer puede permitirte comer del fruto de tus propias manos.
«El que descubre su don, nunca más vuelve a trabajar», me dijo una vez un amigo de Los Ángeles. Esto significa que aquello que hagas para ganarte la vida ya no lo considerarás como un trabajo o una carga, sino como un escalón más hacia tu visión, tu destino en la vida. No importa si ahora mismo estás friendo papas en un negocio de comidas rápidas, si posees un norte, una meta, sabes que no morirás haciendo eso. Y es ahí cuando tu lunes ya no te resulta una jornada cuesta arriba, porque sabes que solo estás ahí de paso. Se trata solo de un peldaño hacia tu destino final. Hoy soy un hombre libre en el amplio sentido de la palabra. Vivo de lo que me gusta hacer, me pagan muy bien por ello, y dispongo de tiempo para invertirlo en el reino de Dios.
Disfruto al llegar cansado a la cama como resultado de hacer lo que nací para hacer. Aquello para lo que fui creado. Sin embargo, hay veces que el trajín de la vida cotidiana hace que me olvide de esto. Y es entonces que hago un ejercicio saludable: me detengo a mirar a toda esa gente que cada mañana sale a trabajar en lo que quizás no le gusta. Miro a aquellos que aspiran el aserrín de una vida que no eligieron, esperando el día en que obtengan su libertad. Cumplen diversas tareas que no los hacen felices, mientras sueñan con ser otra cosa. Los veo colgarse de los trenes, apretujarse en el subterráneo, o esperar bajo la llovizna helada el ómnibus de las seis de la tarde que los dejará en casa dos horas más tarde. Siempre me pregunto cuántos al final lo lograrán, y siempre llego a la misma conclusión: los que tienen a Dios juegan con ventaja. Si se atreven, ellos pueden lograr que su propio don los lleve lejos, les abra caminos. En el capítulo anterior mencioné que el verdadero juego  de la vida consiste en lograr encontrar el propósito para el cual naciste. Luego todo es más fácil, la cotidianeidad no se te hace un camino cuesta arriba, pues ahora ya tienes un puerto donde arribar. Durante muchos años estuve bajo las órdenes de diferentes jefes. Algunos de ellos eran buenos y afables, mientras que otros resultaron ser hostiles, déspotas, abusadores, personas que me subestimaban hasta el hartazgo, demostrándomelo cada día primero del mes al pagarme mi salario. No obstante, como el célebre personaje del libro La cabaña del tío Tom, de la autora estadounidense Harriet Beecher Stowe (la genial novela que dramatiza la dura realidad de la esclavitud mientras que la fe mantiene al protagonista enfocado en su destino), a mí me mantenía orientado de igual modo un solo pensamiento: «Estoy caminando hacia mi libertad, tengo el favor de Dios, sé que puedo lograrlo, si me esfuerzo y agacho la cabeza por ahora, algún día me pagarán lo que yo quiera valer». Un sitio donde llegar. Una visión. Un sueño de ser libre.  Hace veintidós años atrás, mirando las vías del tren, decidí cambiar mi herencia y obtener la licencia para soñar sin presiones. Fue en ese preciso instante cuando cambié el aserrín por la libertad.